VIGÉSIMO PRIMER ABRIL DE UN DÍA SIETE

Me he perdido en la frontera. Billete robado de ida, entrada gratis junto al mar. Un paseo fortuito o, al menos, bien amañado. La intención es lo que cuenta, y mucho. Todo se desvanece entre la música. Sin saberlo, no tener razón se ha convertido en la mejor forma de no perderla.

Escrito a lápiz y de puntillas, fue el intento de previsión de un error inesperado. Ahora cargo tinta para grabar, a fuego y sin pausa, que no es una indigestión de sentido común lo que busco. No quisiera esperar a que fuera demasiado tarde para darme cuenta de que lo único que nunca lamentamos son nuestros errores.

Repítalo una y otra vez y nunca deje de cantar en la ducha. Pero, no olvide que ni el café ni su libreta le librarán de la vergüenza que le apresa. Timidez, sinsentido acentuado por lo torpe de la primera y lo atrevido de la segunda. Vez, quizá esta, de apuntar la fecha en el calendario. Vigésimo primer abril de un día siete, la madrugada que lleva al domingo.

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