TODO PARA EL FINAL

Ingrata es la espera, y espeso el paso del tiempo. Sobre todo, cuando se mide en cercos de café. No era el primer día, ni mucho menos. Para él, las noches suelen ser largas. Entretenimiento nunca falta y el trabajo amontonado siempre abusa de uno. Especialmente cuando no está bien domado. Aquel día no lo estaba, y empezaba la noche con la impresión de que todo iba a ir mal.

Miraba por la ventana, agredida descortésmente por el constante repique de la lluvia. La oscuridad difumina la plaza que sabe que hay detrás, y es el reflejo del interior de la habitación lo que hace de horizonte. Se le hace raro ver algo más que las persianas. Entre el recelo y la vergüenza, no suele usar las ventanas para nada más que para ventilar. Pero, esta noche, todo le da igual. Sus preocupaciones son otras. Y mucho más grandes. No soporta el agobio del despacho. Parece que las paredes se aproximan por momentos, y que el techo se va a venir abajo en cualquier instante.

Sentado ante el escritorio, el ordenador delante y el ventanal tras este. La mirada fija. Pasmado entre el desorden que impera. Los rotuladores y los bolígrafos se pelean sin tapa sobre la mesa. Folios arrugados, garabatos, bocetos tirados, muchas tazas de café. La puerta cerrada con llave, para que nadie moleste, y la música a todo volumen. Rítmica y tranquila, que es momento de pensar.

¿Cómo trabajar cuando tu herramienta desfallece? A nuestro amigo se le empieza a terminar la paciencia. Los clientes llegan a la mañana siguiente, y empieza a pensar que, aún no durmiendo nada, no le va a dar tiempo a terminar. Será uno de esos días duros en los que conviene estar lúcido, ágil de mente y despejado. Él no lo va a estar. Otra noche más sin dormir. ¿Y todo por qué? No lo sé. A veces, simplemente se mide mal el tiempo. Será aquello de dejarlo todo para el final.

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