QUEDARSE SIN POSTRE

—Siempre construyes textos y nunca los acabas, ¿por qué lo haces? 

—¿Perdón?

—Sí. Siempre haces lo mismo. Construyes situaciones. Momentos difusos en los que aparecen unos personajes apenas esbozados. Como si fueran sueños, como si sólo pudieras recordar ciertos detalles. 

—Creo que no te sigo…

—Ni te molestas en arrancar. No hay una presentación. No hay situación, ni explicación. Ningún preámbulo, ¿a qué juegas? 

»Es como si dejaras el final abierto. Solo que no lo haces al final. Lo haces al comienzo, en el medio, en todas las frases… juegas con el lector, como si fuera tu marioneta. El final nunca llega… ¡Nunca hay final! ¿Por qué lo haces? 

—Mmm…

—Entiendo que el cerebro acaba cubriendo los detalles ausentes con su solución por defecto. Cada uno tiene una solución por defecto en su cabeza. Cada persona es diferente. Diferente carácter, diferente educación, diferente historia… una reacción diferente ante cada interrogante. 

»Esa parte está clara. Al dejar tantos cabos abiertos, cada uno rellena con la información que tiene más a mano en su mente. Esto hace que, irónicamente, la historia que cada uno se crea sea la que más impacto podría crear en sí mismo. Es una estrategia de lo más interesante. Me pregunto por qué no se hace con más frecuencia… 

»Pero lo que no acabo de comprender es lo del final. ¿Por qué no tienen final? ¿Por qué dejar al lector de esa manera? Es como si alguien te robara el postre, y eso no me hace ninguna gracia…

—¿El postre? ¿Qué postre?

—Claro. Una cosa es que no haya postre. Se puede vivir sin postre. No te vas a morir por un día sin dulce. El problema está cuando venga alguien con una gran amabilidad y te sirva un delicioso postre.

»Que te tenga un rato esperando a que lleguen los cubiertos, dejando que llegue su suave aroma a tus fosas nasales. Que anticipes el frescor de su tacto en la lengua, la combinación de sabores, el regusto al tragar… y que, de repente, en vez de llegar tus cubiertos, se va el postre. Es una situación que no me hace ninguna gracia. Me enfado sólo con pensarlo… 

—Perdone, ¿pero quién carajo es usted?

—Una persona que odia quedarse sin postre. 

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