MARGOT

Margot está allí arriba. Me observa. No desde el cielo, sino desde el terraplén. Está en lo alto del terraplén y cuando la miro, me hace gestos. Normalmente, de indiferencia. Normalmente, quiere decirme que deje de mirarla. Que me concentre en lo mío. Que lo que puede decirme ya lo sé. Que todo está bien. Que podemos hablar en cualquier otro momento. O mirarnos. Tan fijamente como queramos. Durante el tiempo que queramos. Pero no ahora. Este no es el momento y debo concentrarme.

Ella me transmite toda esa información en una milésima de segundo. Porque la conozco. Porque me conozco. Porque sé que no quiere imponérmelo. Que no quiere que suene a orden militar. Que si me lo dice, es por mi bien y que siempre tengo opción. Siempre me deja abierta una opción. Se divierte jugando con mi mente y esperando a ver cómo reacciono. Esperando a ver cómo se extienden sus pensamientos por mi cerebro. Cómo se manifiestan en mi cara cuando termino de procesarlos. Medio sonríe cuando reacciono. Se divierte, a sabiendas de que no es el momento. Le divierte la perplejidad en mi cara, al pasar esa milésima de segundo y darme cuenta de que no es el momento. Al pasar la bola por delante de mi vista y por delante de mi perplejidad. Debería girarme y continuar. 

Entonces, ella sonríe y cierra los ojos. Levanta las cejas hacia el cielo e inspira. Es la señal para que yo recuerde lo que tengo que hacer ahora. Debo escuchar el silencio a mi alrededor. Sentir el viento en la cara. Sentir cómo bailan las ramas de los árboles. Debo fijar la vista en la pelota y centrar toda mi atención en el partido. Porque llevo dos dobles faltas seguidas y no puedo permitirme más errores no forzados. Es el momento de empezar a fluir. El momento en que dejas de pensar y no te importa. En el que todo es orden y oportunidad. En el que todo encaja. En el que te olvidas de todo. Olvidas quién eres y por qué estás allí. Te olvidas de Margot, aunque no quieras. Te olvidas de si Margot estuvo allí. 

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