LO CURIOSO DEL RETORNO

Recién llegado arrastro mi maleta. El pesado sonido de mis botas resuena en la oscuridad. El cielo amenaza tan violentamente que las calles están completamente vacías. Acabo de perder el bus que siempre me lleva del tren al palacio. No me queda otra que tomar algún bus desconocido que me pueda dejar más o menos cerca de mi destino. Al fin y al cabo, no tengo más que esperar en la parada de siempre. Todo es igual que cualquier otro domingo en la marquesina de siempre. Bueno, todo menos la marquesina, que ya no está. Me da la impresión de que me encuentro en el escenario de uno de esos sueños tan reales en los que la imaginación cambia caprichosamente algún detalle de la realidad.

Entre tanto, un ritmo de tacones rompe el silencio caminando calle arriba. Se trata de una señora de edad avanzada. Probablemente 70 o casi, pero es una de esas señoras que transmite juventud. Camina con seguridad mientras ondea su largo abrigo negro. Pantalón de corte recto y una blusa blanca terminan de acompañar a una colorida corbata anudada con atino. Un nudo windsor quizá. No deja de mirarme desde lejos hasta que al llegar a mi altura se detiene clavándome sus azules ojos en los míos. Es como si ya me conociera de antes. Rompe el silencio:

– A quién se le ocurre quitar la marquesina, ¿qué vamos a hacer cuando llueva? – y me sonríe ampliamente como esperando una respuesta.

– Cierto, como llueva a ver dónde nos metemos… – le digo sin pensar demasiado.

No me suele gustar hablar con desconocidos cuando estoy esperando por algo pero parece que ella espera el mismo bus y voy a tener que ser amable hasta que este llegue.

–Eres estudiante ¿verdad? ¿eres de aquí? – Me pregunta sin dejar de sonreír. Me pilla por sorpresa tanta conversación.

– Soy de aquí… quiero decir… no, no soy de aquí pero vivo aquí. Y sí, soy estudiante. De Champiviejo. – Respondo un poco desconcertado. No veo qué interés puede tener en mí.

– ¡Ah, Champiviejo! ¡Bella tierra Champiviejo! Yo he trabajado muchos años allí. Era auxiliar de vuelo. Viví muchos años en Camatino. Allí conocí a muchos hombres – y se ríe con una sonrisa pícara. – Viajé mucho. Me he recorrido todo el mundo. He visto las cosas más preciosas del planeta y conocido a gente increíble.

En un momento me resume toda su vida. Una narración concisa y precisa con la que consigue detallar mil y una cosas en un solo momento. Yo no doy crédito a lo que están viendo mis ojos. Esta extraña señora acaba de abrirme su alma de par en par. Acaba de contarme sus temores e inquietudes, las cosas que ha vivido y las que le quedan por vivir. Ahora sí que definitivamente ya no sé si estoy viviendo la realidad. Estoy que no salgo de mi asombro. Es algo totalmente surrealista. Estoy cansado después de un largo y agotador viaje y no se me ocurre ni qué contestarle. Entonces termina su relato y me desea suerte para el futuro. Con la misma sonrisa que llegó se despide de mí. Sus tacones acompañan su marcha del mismo modo que cuando llegó.

No hay nadie más en la calle y me quedo solo tras su ausencia. Todo parece más oscuro de lo normal. Debe de haberse estropeado alguna farola cercana. Siguiendo a mi sorpresa aparece el bus iluminando con sus faros toda la calle desde lo lejos. También lleva encendidas las luces interiores. Son unos de esos tubos que dan una fría luz azulada que me hace pensar en un hospital psiquiátrico. La escena es bastante tétrica. Se detiene ante mí y abre su puerta. Entro con la maleta, la mochila del ordenador y mi gran carpeta bajo el brazo. El conductor tiene cara de pocos amigos y no me saluda al entrar. Pago con la tarjeta mientras arranca y me dirijo a buscar sitio. Pero no hay mucho que buscar, ¡está vacío! Completamente vacío. No me explico cómo un bus a estas horas y que ya está en la mitad de su ruta puede estar vacío. No me lo creo. Tengo que escribir todo esto que me acaba de suceder antes de que me olvide, así que saco el móvil y creo una nota. En cuanto vea a alguien tengo que contárselo porque es la única forma de que pueda llegar a creerme que todo esto ha sido real.

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