LA FÁBRICA DE SUEÑOS

Un año más arranca la fábrica de sueños. Un nuevo curso empieza a rodar. Cada día llega antes la noche, el viento sopla con fuerza. El mar comienza a inquietarse a las afueras del puerto. Caen las primeras hojas en la alameda. Parece que el sol se va apagando poco a poco. La gente, cada vez más nerviosa. Están en marcha las primeras empresas, todos los negocios funcionan ya con puntualidad.

Los últimos años han sido difíciles. Se han ido sucediendo diversos y desafortunados acontecimientos. El trabajo, cada vez más complicado, hasta límites antes insospechados. Muy atrás quedan los años de tranquilidad. Qué recuerdos de aquel entonces, por estas mismas fechas. Pero, los próximos meses, todo va a cambiar. Todo va ser diferente. Eso es lo que parece.

Entre estos y otros pensamientos, amanecía el señor A. El paseo al borde del mar le da los buenos días, como todas las mañanas. Nada como una caminata bien temprano. Podría ir en coche, pero le encanta el olor a mar, contemplar la ensenada en todo su esplendor. Día tras día, año tras año. Animal de costumbres. Apenas ha salido el Sol detrás de la ciudad. El agua bate con fuerza a lo largo de la playa acompañado de una suave brisa. Las gaviotas se aprovechan, planeando por encima de los primeros barcos que salen a pescar. No  es uno de esos días que se saben calurosos antes de empezar, pero el cielo está despejado y parece que el día va a ser agradable.

El estudio está vacío. Todavía no ha llegado el personal. Normal, aún es temprano. El despacho está como había quedado el viernes pasado. Las estanterías que cubren todas las paredes han cuidado bien de los miles de libros que colorean la enorme estancia. Todo lo demás reluce en su blancura, reflejando la luz que comienza a entrar por el enorme paño acristalado. El gran piano de cola sigue en su rincón, dispuesto para ayudar a su dueño a encontrar la inspiración. Este, atraviesa la sala esquivando las numerosas maquetas esparcidas por el suelo. En la larga mesa, rodeada de sillas, nada más que los planos de siempre, entremezclados con alguna partitura perdida.

Todavía no ha llegado el nuevo encargo, así que, hasta que llegue la gente, hay tiempo para reposar el desayuno. Mientras un expreso se hace en la máquina de café, dos palmadas en el aire hacen que comience a sonar la música en todo el local. Se recuesta en una de las butacas de diseño que se encaran junto al gran ventanal. Un joven Rod Steward empieza a cantar.

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