LA BRISA NOCHERA

«Y volvíamos caminando despacito, ahora abrazados y en silencio, y en la palma de mi mano derecha sentía que la piel de tu cintura desnuda se erizaba, seguramente porque ya empezaba a correr un anticipo de la brisa nochera, y hacía falta llegar al rancho para ponernos los pulóveres y tomar una grapita con limón y preparar el churrasco con huevos y ensalada y besarnos un poco, no demasiado, porque lo mejor venía después.»

–Mario Benedetti.

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