ESTRICTAMENTE PROFESIONAL

De un pálido rojizo, tenue, ridículo. Como una gamba, vencida e impotente frente a la salsa rosa. Sale del baño, tímido y oteador. Recorre la planta entera. Primero hacia un lado, luego hacia el otro.

Sus pasos resuenan en el silencio imperante. No se oye más que el batir seco de sus chanclas contra las baldosas. Nunca le han gustado las chanclas. Ni las alpargatas, ni los zuecos. Según qué variedades, constituyen una de las formas más infalibles de joder un outfit que roza la perfección. Incluso suponiendo una cierta belleza pedia, algo que en este asunto puede parecer importante, pero que realmente no lo es. Pues la norma, al final, acaba siempre aplicando, tengas el tipo de pie que tengas. Ya no digamos, cuando tus peludos soportes atentan contra la estética humana hasta el punto de confundir a tu óptica.

Este, para más inri, era su caso. Lo cual, supongo, aceleró el proceso mental por el cual llegó a esa aplastante conclusión. Mezcla de reflexión personal y aprensión heredada casi de forma genética. En cualquier caso, el hecho de teorizar sobre la relación entre la apariencia de sus pies y sus estilismos más elaborados, no podía más que posponer el tener que afrontar la situación en la que se encontraba.

Desesperante, ridículo y enfurecedor. Impedido durante una tarde entera por la actualización de ese aparato infernal. Sin previo aviso, sin consulta y sin la más tierna consideración. En el preciso instante en que la indecisión se rinde ante el acoso del deber, resulta que tu más necesaria herramienta toma esa decisión por ti. Te abandona. Te conviertes en una víctima de su imprescindibilidad. Cosa del destino no parece, pero es que ya son muchas tardes perdidas, una tras otra. Y no puede culpar de ellas a la maldita computadora, pero la acumulación de todas ellas no invita precisamente al optimismo. Por lo menos, al estrictamente profesional.

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