EL MISTERIOSO SEÑOR A. (II)

Lo cierto es que el señor A. está un poco trastornado. Y un poco es un decir. Pero, lejos de preocuparle, parece ser la cualidad de su personalidad que más le divierte. Normalmente, la gente que se siente diferente encuentra cierta condición de gozo oculta en su anormalidad. A mí, personalmente, me parece algo estúpido. Todos nos sentimos diferentes y, en sentido estricto, lo somos. No obstante, el señor A. manifiesta cierta particularidad extraña, no necesariamente de superioridad, que lo hace acercarse a sus semejantes de una forma muy cautelosa y extravagante.

Otra de sus cualidades es su autodeclarada adicción al trabajo. Vive los horarios más intempestivos. Carece de cualquier referencia familiar y, lejos de dejarse guiar por la directriz crepuscular como el resto de los mortales, desafía constantemente a su reloj vital. Rara vez duerme y, cuando lo hace, lo hace con brevedad. Siempre está ocupado, siempre ajetreado, de un lado para otro con sus nuevos proyectos, sus actividades y sus entretenimientos.

Siempre tiene algo que hacer, siempre algo que contar. Folios y folios, planos, partituras, infografías, ilustraciones, manuscritos, grabaciones, maquetas, manualidades varias, siempre algo entre las manos. Pero realmente, trabajo lo que se dice trabajo, no es lo que hace. Si bien es cierto que su profesión se puede considerar un regalo, cuando te paras a observarlo, te das cuenta de que le dedica muy poco tiempo. La mayor parte del día, la emplea en sus divagaciones personales, muchas veces secretas. Es un procrastinador nato. El mejor que yo haya visto.

Poco se conoce de su pasado. Hasta donde yo sé, tuvo una infancia feliz y una adolescencia que él mismo se quiso complicar. Al cumplir la veintena, siguió un camino difícil. Estudió todo cuanto se puede saber del oficio y más. La mayoría por su cuenta. Cuando se vio capacitado y con suficientes fuerzas, montó la compañía por la que ahora lo conocemos.

Hay quien dice que es un genio. Hay quien afirma que es un trabajador incansable. A mí, personalmente, me parece que ninguna de las dos cosas. En el tiempo que llevo observándolo, creo que he llegado a entender, en parte, su forma de funcionar. Cuando encuentra una motivación inesquivable, se vuelca día y noche, con la tarea que sea. No para, ni come ni duerme. Nada mientras está dedicado a ello. Sea algo productivo o la más estúpida de las distracciones. Y continúa así hasta que el cuerpo y el ánimo se lo permitan.

Cuando se agota por completo, no tiene otra forma de dejarlo más que enfrascándose en otra obsesiva tarea. Y vuelta a comenzar. Rara vez termina algo y, de vez en cuando, acaba tan agotado que no puede hacer nada más. Es entonces cuando para por completo y, de repente, lo deja absolutamente todo. Vacía su cabeza de cualquier cosa que pudiera molestarlo y se evade en su mundo a descansar. Así sigue hasta que encuentra otra cosa con la que obsesionarse, o hasta estar tan descansado y aburrido que necesita la imperiosa necesidad de hacer algo, sea lo que sea.

Nunca se centra en nada de verdad. Pero, siendo justos, hay que reconocer que después de tantas idas y venidas, siempre queda algún resultado. Tanta hiperactividad, quieras que no, acaba dando algún fruto. Al haber tantos frutos entre los que elegir, siempre hay algún despistado que afirma que ha vuelto a descubrir una genialidad. Creo que así es como ha ido forjando su reputación. Que, sin duda, es merecida.

No pretendo hacer escarnio en mi descripción. Aunque, como te imaginarás, no es nada fácil trabajar con alguien así. Cuando no hay horarios ni normas, la cooperación puede complicarse hasta límites insospechados. Sea como fuere, el trabajo sigue saliendo y los clientes están contentos. Si ellos lo están, yo también. Y si yo estoy contento, me da igual cómo estén los demás.

Deja una respuesta