EL MISTERIOSO SEÑOR A. (I)

Falta comunicación con el señor A. Él pregunta mucho, pero responde poco. Se entiende en el ambiente que no se puede hablar con él y ya ni se intenta. Pero lo cierto es que sí se puede. No sólo se puede, sino que además es necesario. Necesario y doloroso. Hay cosas de las que no suele apetecer comentar nada. Pero eso viene siendo un poco la vida. Te sucede algo que no querías, lo superas y aprendes. De repente eres más fuerte y un poco mejor. Volverá a suceder. Aunque sea de una forma diferente. De una forma que no te esperas. 

Hablar con el señor A. es un poco eso. No sabes qué esperarte. Es adentrarte en el caos de la oscuridad, en lo desconocido. No sabes qué te encontrarás. Genera ansiedad. Pero lo cierto es que sólo hay dos opciones. La mala, es que te suceda algo bueno. Saldrás igual que has entrado. No habrás aprendido nada, pero tampoco habrás sufrido. La buena, es un horrible desenlace con el que sufrirás. A veces, hasta el límite de lo soportable. El abismo te devolverá la mirada. De primeras, no es algo que apetezca. No es algo que nadie mentalmente sano busque. Pero saldrás fortalecido. Serás mejor. Habrás aprendido y el hecho de haber sufrido en el plano de la realidad, hará que dejes de sufrir en el plano de la imaginación. Tu límite de lo soportable habrá escapado un poco más de ti. 

Y es que, en el fondo, estas cosas vienen así, sin verlas venir. A los más grandes también les ha pasado. A todos esos que admiramos, por muy sabios que sean. Seguramente Carlos Gustavo tenía razón: Federico era un tío triste. Triste y solo, porque nadie lo entendía. Demasiado inteligente, demasiado avanzado a su tiempo. Y hablo de ellos en estos términos, porque son mis amigos sobre la mesa. Enric tenía los suyos. Yo tengo los míos y, además, hablan entre ellos.

El señor A. sabrá entenderlo. Por eso quiero hablar con él. Quiero plantearle mis dudas, que cada día son más grandes y más numerosas. Quiero que me ayude a ver el mundo un poco más como él. O simplemente un poco menos como yo. Ambas opciones me valen. Sé que será doloroso. Sé que será duro escuchar todo lo que tenga que decirme. Supongo que por eso nadie quiere hablar con él. Pero esta vez, quizá sea más necesario que ninguna otra. Ya no me fío ni de Federico. He llegado a pensar que no sé si quiero cruzar el puente. Me gustaría saber qué es lo que hay al otro lado, pero sin tener que subir y bajar de la montaña. Sin estar siempre solo. Sin llegar a ser un adiós frente a todas las puertas.

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