¿Quieres cambiar tu vida pero no sabes por dónde empezar?

Aprende a planificar tu futuro y descubre tu propósito, gracias a la historia de una manzana…


Sé cómo te sientes.

Quieres mejorar, tienes ese impulso interno. Te pasas el día viendo vídeos y escuchando podcasts de gente que se supera día a día. Gente con disciplina que inspira a los demás.

Y te gustaría ser como ellos, pero…

¿Cómo comenzar?

Así es como me sentía yo también.

No me gusta contar batallitas. Ni sentirme vulnerable. Pero esta historia enseña muchas cosas imprescindibles que la mayoría de la gente nunca entenderá.

Te aseguro que es dolorosamente real.


Siempre me he considerado una persona inteligente.

Pasé el instituto con las mejores notas, sin despeinarme. No lo digo por presumir. Para nada. Cada uno tenía sus fuertes.

La mayoría de mis compañeros tenían don de gentes, muchas habilidades sociales. Otros eran buenos jugando al fútbol. Casi todo el mundo ligaba.

Yo no contaba con nada de eso. Simplemente hacía lo que podía. Tenía un grupo pequeño de amigos y no se me daba especialmente bien el deporte. No ligaba nada.

Pero era capaz de estudiar los exámenes la tarde anterior, y sacar todo sobresalientes. Ese era mi fuerte.

Si te soy sincero, me creía más inteligente que los demás.

Así que, cuando llegó el momento de elegir carrera, me metí en la más difícil que se cruzó en mi camino: arquitectura.

¿Porque me gustaba? No.

Simplemente porque era difícil.

Creía que se me daría bien y fantaseaba con hacer sin despeinarme algo que era difícil para el resto de los mortales…


Diez años más tarde no la había acabado.

Todos mis amigos estaban trabajando y ganando dinero. Podían apuntarse a todos los planes que quisieran, hacer viajes. Muchos habían encontrado su pareja. Estaban comprando pisos.

Mientras tanto, yo seguía en casa de mis padres.

Estudiando, sin dinero. Sufriendo por acabar y durmiendo poco.

No quiero dramatizar. No es que viviera debajo de un puente, tenía sustento gracias a mi familia. Seguía teniendo amigos.

Pero no podía evitar compararme con ellos cada vez que estábamos juntos. No podía evitar sentir envidia.

Había pasado una década. Y seguía sin tener un don especial para las personas, sin ser bueno al fútbol. Lo único que me quedaba era ¿mi inteligencia?

¿De verdad soy inteligente?

Digo yo que la gente inteligente es capaz de acabar su carrera, aunque sea en 10 años… ¿no?

¿Si fuera tan listo estaría solo sin querer estarlo?

Empecé a cuestionármelo en serio. A cuestionármelo todo. Y, poco a poco, fui rindéndome ante la realidad. No era tan inteligente como yo me creía.

¿Qué me quedaba entonces?


Lo siguiente que recuerdo es verme en la consulta de una psiquiatra.

Estaba mal. Había entrado en un bucle de negatividad del que no podía salir yo solo. Y, por suerte para mí, mis padres se habían dado cuenta. Me habían obligado a ir a aquel lugar.

Ahora lo agradezco, en retrospectiva. Mucho.

Pero en aquel momento no me hizo puñetera gracia.

Imagínate la situación. Cerca de los 30 años, sin oficio ni beneficio, y en aquel lugar contra mi voluntad.

No sabía muy bien qué hacía allí, no lo había visto venir. Yo, una persona supuestamente más inteligente que los demás, en una consulta. Ni siquiera sabía muy bien qué es un psiquiatra.

De camino a la farmacia, aprendí que es una especie de psicólogo con poder para recetar medicamentos para el cerebro. Recogí mi tratamiento de ansiolíticos y antidepresivos, y me volví para casa —la de mis padres, claro—.

Había tocado fondo.


La única solución que se me ocurrió fue buscar ayuda en los libros.

Seguro que no era la primera persona a la que le pasaba esto. Tenía que haber gente mucho más sabia con la solución.

Así que empecé a leer compulsivamente.

Libros relacionados con el sentido de la vida, psicología, filosofía, inversiones, biografías… todo. A verme los podcasts, a estudiarme las entrevistas de gente que sabía sobre estos temas mucho más que yo. Obviamente yo no tenía puta idea. No tenía nada que perder.

Estaba seguro de que todo esto tenía que tener algún sentido.

Y no iba a parar hasta encontrarlo.


Y ¿sabes qué?

Lo conseguí. En tres años, mi vida cambió por completo.

No fue algo repentino. Pero poco a poco acabé encontrando mi propósito. Por fin me vi con un plan de vida y un futuro que me ilusionaba.

Había establecido unas prioridades claras.

Tenía unos objetivos bien definidos y sabía descomponerlos en tareas. Sabía ordenar mis ideas y cómo dosificar mi energía mental. Cómo mantener eternamente la motivación.

Tenía UN SISTEMA.

Un método para planificar, para encontrar sueños que no sabía ni que existían, descomponerlos en objetivos, y estos en tareas.

Algo emocionante.

No te imaginas la ilusión que sentí al darme cuenta de lo que había logrado. La energía y la paz al entender que todo está en su sitio. Que, pase lo que pase, todo va a salir bien.

En realidad, no hace falta que te lo imagines.

Como habrás adivinado, ese sistema se ha convertido en este curso.