CON DOS

No me gustan los hospitales. Ya está. Tenía que decirlo. Quizá no sea una gran revelación, pero en estas circunstancias se hace obligado decirlo. O al menos pensarlo.

Me dejo llevar por la parrafada mental que voy produciendo mientras camino, pero sobre todo maldigo una y otra vez la hora en la que decidí meterme en este puto lugar. El hecho de que lo decidiera por mí o no, no cambia demasiado mi situación. Sólo para poder entrar me he dejado un saco entero de balas y de aquí en adelante tendré que apañarme con dos. Cojones no me faltan.

Si alguien me preguntara, le diría que yo no tengo ninguna fobia, pero la penumbra no es algo que me encante. No me extraña que los niños le tengan miedo a la oscuridad. El miedo a lo desconocido es algo más viejo que la propia humanidad. Incluso más humano si me apuras. Y la penumbra es una gran putada. Cuando te estás jugando la vida, lo que menos te apetece es quedarte sin campo de visión. Y ahora mismo ese es mi caso. Los pocos halógenos que todavía cuelgan del techo no paran de parpadear. Su luz se proyecta por los pasillos acentuando las siluetas de los escombros. Todo se mueve sin dejar de estar quieto. No pinta nada bien.

Las estancias se suceden una tras otra. Quiero terminar rápido el trabajo y lo último que quiero es quedarme parado en este extraño lugar. La vulnerabilidad no va conmigo. Quiero pensar que cada vez estoy más cerca. Cada vez aprieto más con mi puño la destartalada pistola que me dejó el viejo Chimpi. Y cuando digo que me dejó, me refiero al propio Chimpi. El muy hijo de puta salió corriendo por patas en cuanto oyó el primer disparo. Me dejó allí tirado a mi suerte para que me dejaran como un coladero. Así que no pude más que alegrarme cuando se clavó la esquina de aquel bolardo en la cabeza tras tropezarse con un escalón. Una muerte de lo más estúpida en el más épico de los escenarios.

Me alegro, porque se lo merecía el muy cabrón. Sé que no suena elegante, pero es así. Así que me quedé con su vieja pistola. La misma que hoy me está salvando el culo y a la que me agarro con fuerza aún sabiendo que sólo contiene dos balas. Dos pequeños botes salvavidas con los que pienso mandar al otro barrio a algún otro hijo de puta de los que rondan por este puto lugar.

¡Joder, qué tensión! Perdón por lo soez que es hoy mi vocabulario, pero es que este lugar es un puto infierno. Son ya tres horas de misión y estoy a punto de conseguir el último objetivo. He conseguido abrirme camino hasta la base enemiga y, una vez aquí, no pienso detenerme hasta lograrlo. No creo que sean conscientes de cual es mi posición, pero es inevitable que alguien haya notado algo extraño, así que no está de más extremar las precauciones.

A lo lejos veo al primer enemigo, un engendro de más de dos metros con un simpático tupé de soldado ruso, como en las pelis de los ochenta. Parece que no me ha visto, así que me aproximo más. Me cuelo por lo que hace tiempo fue un quirófano, alejándome de los pasillos. Me parece que ese es el sitio más lógico para colocar a los vigilantes, así que lo evito.

Desde aquí podré escurrirme hasta el final de esta sección sin ser localizado y, además, tengo una línea de visión clara a través del vidrio ése que se suele dejar para que las visitas miren a sus parientes sin llenar de gérmenes la zona perfectamente desinfectada de los convalecientes. Me asomo con cautela y veo que enfrente al engendro hay otro rubio balanceándose con impaciencia en una silla de plástico, supongo que sacada de una sala de espera.

Es la situación soñada. Después de la odisea que he pasado para llegar hasta aquí, esto será pan comido. No tengo más que aproximarme al engendro desde su espalda, con mucho sigilo, y cuando esté a mi alcance clavarle mi cuchillo reglamentario bien hondo. Lo hundiré hasta la empuñadura en sus músculos mientras le enchufo una bala entre ceja y ceja al mono de la silla. Algo limpio y rápido. Sin demasiado riesgo y que además me dejará otra bala por si acaso, que nunca se sabe.

Tras una larga respiración me dispongo a abalanzarme sobre mi objetivo. Talono con la mirada y doy el salto de rigor agarrando con fuerza el puñal y armando el brazo de la pistola en dirección opuesta. En un movimiento rápido alcanzo el primer objetivo. A penas se da cuenta de mi presencia unas milésimas de segundo antes de sentir el frío acero introducirse en su cuerpo. Se tambalea bruscamente anticipando su derrumbamiento contra las baldosas mientras yo hago un giro rápido con el cuerpo.

El otro individuo obviamente se ha percatado de mi presencia y ha armado con gran celeridad la escopeta recortada que reposaba sobre sus manos segundos antes. Gracias a mis grandes reflejos consigo zafarme de su ofensiva con una ágil pirueta digna Bruce Lee en sus mejores años. Aprieto con fuerza el gatillo sin que me de tiempo a pensar un buen chascarrillo. James Bond lo habría rematado con mucha más gracia. La verdad es que el tío las clava. Es genial eso de cargarse a alguien mientras sueltas un comentario simpático en alto aunque sepas que estás tú solo. Ya eso de acomodarse el nudo de la corbata mientras lanzas al horizonte tu mirada más sexy acaba de enmarcar un momentazo.

Pero no es una buena ocasión para recordar las andadas de el agente 007. ¡Céntrate coño! Qué idea más absurda ponerse a pensar en chistes en un momento como este. En la tensión del momento, no me he dado cuenta de que, mientras gestaba la gran maniobra, otro individuo armado hasta los dientes había aparecido entre las sombras. Para cuando me percato de su presencia ya he oído cuatro veces el sonido de la pólvora explotando dentro de su cañón.

Para mi desgracia ninguna de ellas ha fallado. Vaya puntería que tiene el muy cabrón. Yo creo que por lo menos habría fallado uno de los disparos. Pero él ha acertado y me ha matado. ¡Me ha matado! ¡El muy hijo de puta me ha matado! ¿Como es posible que me haya matado? ¡Joder! Otra vez, ¡me ha matado otra vez! Y sólo hoy ya es la tercera vez que me mata el mismo paisano. Estoy hasta los cojones de él. Siempre me olvido de que aparece por allí y para cuando me doy cuenta ya es demasiado tarde. Hay que ver cómo se mueve el tío. Es que ni me ha dado tiempo a guardar la partida.

Reconozco que en esta dificultad se me está haciendo bastante complicado volver a pasarme este juego. Pero bueno, creo que por hoy ya llegó, que fijo que mi madre ya tiene la cena hecha. A ver si me hoy me deja levantarme un poco antes de la mesa y así echo otra partida antes de irme para cama.

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