BIZARRO Y VARIOPINTO

Sigo siendo errático y dubitativo. Reacio a reconocer mis más nimias certezas. Inconsistente en mis razonamientos y con un lascivo gusto por los sinsentidos de la razón. Rozando al palo, mis mejores intentos por trascender a la estupidez que gobierna mi cabeza. Mi animosa predilección por los titubeos siempre se acaba materializando en palabras con lexemas inteligibles, de precedentes infrecuentemente asociados y con un infructuoso gusto por el ocultismo. 

No es difícil hollar mi autoestima, pues me creo más inteligente de lo que soy. Siempre encuentro, sin problemas, las soluciones a mis más complejas y aparatosas maniobras de escapismo. Y, a la razón de quien perciba con aromoso encanto mis ominosos delirios, diré que la dativa tutela de mi sinrazón me obliga a puntualizar la ambivalencia de ciertas afirmaciones que he hecho en el pasado. Y es que he abandonado, de una vez por todas, el somero nihilismo al que otras veces hacía mención. 

No escatimo en desvaríos, cuando la inteligibilidad de mis ocurrencias se ve en entredicho. Y ante la necesidad de desahogar la entropía que en mi cabeza habita, sin dejar de abrazar la inefable necesidad de agazapar mis verdaderas intenciones, me veo corrigiendo el palimpsesto imaginario en el que escribo mis pensamientos. Intento rectificar mi postura, sin desprenderme de la incomodidad innata que me produce. Remedando la propiocepción de quien espera en la cola de la charcutería. 

La intuitiva semiología que a veces utilizo me ha llevado, por momentos, a adoptar una heurística ascética y sucinta. Alimentada, sin duda, por la brillante vehemencia y el sindiós de aforismos que afloran de la interminable lista de ídolos amontonados en mi libreta. Un albur de referencias que desemboca, como no podía ser de otra manera, en una ascética y pasiva espera: pronto llegará la inspiración que brinda el numen. Bien acabará lo que bien está. Ya que en su ocaso, como todo el mundo sabe, aquel que tiene claro su porqué puede soportar todos los cómos. Salvo, claro está, el hombre inglés. 

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